La sexología ha dividido la respuesta sexual humana en cuatro fases, de excitación, de meseta, de orgasmo y de resolución.
En realidad no es que exista una división en el proceso de respuesta sexual, es algo continuado, se da como un todo; esta división se adoptó para facilitar el estudio detallado de dicha respuesta.
No es necesario que describamos todas las fases, nos centraremos en la fase orgásmica y desde esta también se aportaran datos sobre las otras fases dado que no se pueden separar, como ya hemos dicho.
A través de nuestros sentidos percibimos el mundo que nos rodea, en el cual están incluidos los estímulos sexuales.
Podemos comenzar a excitarnos el ver a nuestra pareja desnuda o viendo una película erótica (estímulos visuales y auditivos ), o escuchando los ruidos de una pareja manteniendo relaciones sexuales (estímulo auditivo), o saboreando la piel de la pareja (estímulos gustativos), o por el olor de nuestra pareja (estímulos olfativos).
También podemos excitarnos solo con el pensamiento o fantasías eróticas.
Al presentarse los estímulos sexuales la mente los procesa e integra con la experiencia anterior y da comienzo la respuesta sexual con los cambios corporales correspondientes.
Luego de un período de excitación se llega a un máximo y se entra en la fase de meseta, que consiste en una alta excitación estable para desembocar al final en el orgasmo.
Al orgasmo se lo ha definido de innumerables maneras; una definición sencilla y clara lo describe como una experiencia psicofísica que consiste en un brusco e intenso goce de alivio de una tensión emocional y sexual.
En la mujer dura un poco más que en el hombre, pero de todos modos todo se desarrolla en pocos segundos, donde toda la vasocongestión y miotonía (contracción muscular), llegadas al máximo se liberan involuntariamente desde un umbral propio de cada persona.
El orgasmo es un reflejo, se lo puede comparar a un estornudo, una vez que ha comenzado no se puede detener.
Previo al orgasmo los movimientos pélvicos de vaivén del coito se tornan más intensos y poderosos, cada vez más cortos y enérgicos y al llegar el orgasmo también dejan de ser voluntarios.
El orgasmo se caracteriza por la contracción involuntaria y rítmica del músculo pubocoxígeo, las primeras 3 a 6 contracciones se dan respetando un intervalo de 0,8 segundos y las siguientes son más espaciadas y menos intensas hasta desaparecer.
Estas contracciones involucran también el recto y el ano con fuertes contracciones esfinterianas.
Se acelera el ritmo respiratorio, aumenta la presión arterial y el ritmo cardíaco puede llegar hasta 180 pulsaciones por minuto.
Las contracciones y el arrugamiento de los pezones son signos inequívocos de que el orgasmo se ha producido, por lo tanto fingir un orgasmo con un compañero sexual que posea esta información sería imposible.
Aquí es oportuno aclarar que el orgasmo es una respuesta psicofísica que cuantas más veces se experimenta más fácilmente se lo consigue en lo sucesivo. Porque en cierto modo se aprende como llegar al orgasmo, la mujer aprende a reconocer sus zonas más sensibles y descubre que hay un camino que la llevará al orgasmo.
Es por ello que hay mujeres que nunca han probado un orgasmo, pero con la terapia sexológica adecuada aprenden a obtenerlo.
Hecha esta aclaración, de distintos estudios realizados se sabe que el 6 % de las mujeres nunca logra el orgasmo, el 10 % lo logra siempre y el 84 % lo logrará dependiendo de la efectividad de los estímulos que recibe.
Nos referimos a cuantos orgasmos puede tener en una sesión sexual.
Las mujeres muestran una gran variedad de diagramas de respuesta sexual, aquí vamos a ilustrar los tres patrones de respuesta más comunes:
Luego de este recorrido, podemos acotar que quizás no sea tan importante la cantidad de orgasmos como su calidad e intensidad y aquí es donde debemos resaltar que cuanto más tiempo se dedique a la excitación y estimulación, o sea cuanto más erótica sea la sesión sexual, tanto más intensos serán los orgasmos que se disfrutaran.