El consumo de tabaco entre los agentes de salud, como todos sabemos es moneda corriente.
Las personas que trabajan en la salud, son justamente eso “personas” y como tales están sometidas a las mismas o similares situaciones de estrés que todas las demás, e incluso por el tipo particular de trabajo que desempeñan, muchas veces se enfrentan a casos donde la tensión es muy elevada.
Quien no ha visto alguna vez en los bares aledaños a un hospital o clínica, esas mujeres y hombres de uniforme blanco, verde o azul, que comparten un café y fuman mientras se distienden por un rato de su delicada tarea.
Ahora bien los agentes de salud, entre los cuales por mi profesión quedo incluido, sean estos médicos, enfermeros, fisioterapeutas, psiquiatras, psicólogos, psicopedagogos, médicos deportologos y otros, ¿pueden aducir que fuman por la ansiedad que les generan ciertas situaciones de su desempeño profesional?.
En realidad no es tarea sencilla el poder contestar a esta pregunta, pero lo que si podemos hacer es tratar de reflexionar sobre algunas cuestiones que nos involucran a todos, tanto pacientes o consultantes y en especial a los agentes de salud.
El Modelo. Podríamos comenzar preguntándonos que es un “agente”, y para ello nada mejor que ir a la fuente y consultar a La Real Academia Española, la misma al respecto nos dice: “que obra o tiene virtud de obrar” y “persona o cosa que produce un efecto”, este segundo significado nos parece el más apropiado a nuestro caso.
O sea que el profesional al ser un agente de salud, es la persona que produce o trata de producir el efecto deseado, en este caso “la salud” de otra persona o personas; e incluimos en esta acción al mantenimiento o preservación de la salud de las personas ya sea en forma individual o colectiva.
Otro aspecto de esta realidad de fundamental importancia, lo constituye la ideación que tiene la sociedad en general y las personas en particular sobre los agentes de salud. En otras palabras que lugar ocupan en la mente de las personas, y aquí lo vemos a diario como las personas nos denominan “doctor usted vio que………” y esta denominación nos abarca prácticamente a todos.
Podemos decir sin temor a equivocarnos demasiado que la sociedad nos coloca en una posición asimétrica de preeminencia con respecto a las demás profesiones.
Las personas que consultan y están sufriendo, acuden al profesional porque suponen en él un conocimiento que ellas no poseen y además confían que él o los profesionales de la salud podrán curarle y aliviar su dolor (tanto físico como psíquico).
Pues entonces dada esta realidad, nos surge una pregunta un tanto molesta si se quiere, para todos los que somos agentes de salud y es esta ¿podemos los agentes de salud considerarnos personas totalmente privadas?
Y si reflexionamos un poco sobre el asunto veremos que dada nuestra posición en el imaginario de las personas que componen nuestra sociedad, la respuesta es no. Y por lo tanto ¿Qué posición ocupamos en la sociedad?
Quizás la respuesta sea, un lugar de personas “semi-públicas”, que en este caso nos conformamos con definir como, personas que están más expuestas a la observación de los demás con respecto a las que desarrollan otras profesiones.
Podemos decir que en cierta medida nuestro accionar profesional como particular, hace las veces de modelo.
Llegados a este punto sería bueno recordar que los humanos aprendemos de distintas formas y una de ellas es por modelaje. Ya en la década del 1940 el gran psicólogo canadiense Albert Bandura demostró en sus investigaciones la gran importancia del aprendizaje por “imitación”.
Entonces si los profesionales de la salud somos en cierta forma modelos sociales, nuestra conducta, en este caso el consumo de cigarrillos funcionaría como modelo negativo para la sociedad toda.
Las personas podrían pensar algo como “y si el doc. fuma tan grave no debe ser, sino no lo haría……..” por ende “yo puedo seguir fumando…..”, “al final no debe ser para tanto lo que dicen del cigarrillo…..”.
En resumen, somos agentes de salud y con nuestra conducta “privada” también producimos efectos sobre las personas.
En este caso al fumar por lógica el efecto es perjudicial sobre los demás.
La Praxis. La otra cara de esta problemática un tanto polémica por cierto, se refiere a la praxis del agente de salud cuando atiende a una persona adicta al tabaco.
Antes de continuar sería oportuno definir que se entiende por la palabra praxis, la Real Academia la define como “la práctica en oposición a teoría o teórica”, o sea que sería nuestro hacer como profesionales.
La pregunta es ¿qué hacemos como profesionales cuando nos consulta un tabaquista?
Muchas veces he tenido en consulta personas con algún grado de depresión que fumaban cada vez más, igualmente en casos de ansiedad.
Es muy común que lleguen a consulta varones que padecen disfunción eréctil a los cuales el urólogo les ha recetado Sildenafil más conocido por Viagra y del tabaquismo ni se habló, siendo que esta condición duplica el riesgo de padecer disfunción eréctil. Y este es solo un ejemplo.
Lo que caracteriza a todos estos casos es que ya han pasado por uno o varios profesionales de la salud y ninguno de ellos ha puesto la suficiente atención al tabaquismo del que son presas estas personas.
Seguramente hay cientos de miles de casos de personas adictas al tabaco que presentan problemas cardiacos y respiratorios donde los especialistas le aconsejan dejar de fumar.
Pero, para dar una vuelta de rosca en este asunto tan delicado, nos preguntamos ¿es suficiente una recomendación, un consejo o una prescripción?
Cuando a una persona que fuma se le dice “usted tiene que dejar el cigarrillo” o “usted debe fumar menos…….” o si hay mayor confianza le dirán “mira deja el pucho porque te va a matar…….”. ¿Se está considerando que la misma es “adicta”?
Aquí no pretendemos definir si hay o no mala praxis, la idea es poder reflexionar entre todos, profesionales y pacientes, sobre el hacer profesional o la praxis de los agentes de salud con respecto al tabaquismo.
Una praxis que debería poder desplegarse en su totalidad, hasta sus últimas consecuencias, en criollo podríamos decir que “se debería poner toda la carne en el asador”, para tener las mayores posibilidades de éxito terapéutico.
Hay una cuestión que nunca se debiera perder de vista y es que cada vez que una persona cruza la puerta del consultorio, no lo hace porque estaba de paseo y se le ocurrió entrar, lo hace porque tiene un problema, algo que lo “aqueja” y viene en búsqueda de una solución, busca ayuda. Y cada uno de nosotros nos debemos a la persona que nos consulta, ahí estamos para desplegar la praxis en toda su expresión, para brindarle la máxima calidad de la que somos capaces.
Es por ello que estamos obligados éticamente a agotar todas las posibilidades para que, en este caso específico que nos ocupa, la persona deje de fumar.
Esto incluye la derivación a los profesionales que tratan estos problemas, dado que sabemos muy bien que en la adicción al cigarrillo, los consejos o prescripciones al pasar nunca fueron muy eficaces, por desgracia.
Dada la enorme cantidad de conocimientos que nos proporciona la ciencia y la imposibilidad de conocerlos a todos, es que vivimos en la era de “la especialización”, algo muy productivo que nos permite profundizar en un recorte más o menos limitado de conocimientos pero lo que nunca podemos permitirnos es considerar a la persona como “un recorte”.
Una persona fue y será siempre “una totalidad compleja”, aunque esto torne más dificultosa la praxis de los agentes de salud.
Como cierre de este escrito y no de la temática ni del debate, podemos decir que los agentes de salud, somos eso “agentes”, personas que con nuestro accionar producimos siempre un efecto deseado o no deseado y que además aunque no lo pretendamos nos cabe el rol de modelo en nuestra sociedad a través del cual también producimos efectos sobre las personas.